
La mujer lo engaña con un joven cuarenta años menor que ella, es objeto de chanzas y mofas en su país , medio planeta hace parodias a su costa y encima, ha tenido que renunciar a su cargo, algo insólito, porque ningún dirigente político al uso (léase Clinton o Berlusconi) ha tenido que pasar por una dimisión, como consecuencia de líos de alcoba.
Eso es lo que le ha acontecido a Peter Robinson, primer ministro de Irlanda, tras el escándalo sexual y de corrupción en el que está involucrada su mujer Iris.
Pero hay mucho más que hipocresía, adulterio o ajuste de cuentas político en la historía de los Robinson. En los paises anglosajones, la moralidad sexual de sus políticos y dirigentes es un asunto de capital importancia.
El ciudadano anglosajón equipara vida pública con vida privada, hasta el punto que lo que el político haga en su casa, afecta a su vida política.
¿Alguien se imagina, por ejemplo, que reacción existiría en España si la mujer de Zapatero,-pongamos el caso-, engañase a su marido con un joven amante y acabase financiando su negocio con fondos públicos?. Evidentemente no pasaría nada.
La sociedad española no penaliza la corrupción, como sucede en cambio con los paises anglosajones.
Sin ir más lejos, ahí tenemos el caso del vicepresidente y ex presidente de la Junta Manuel Chaves que financió y concedió subvenciones por importe de más de 10 millones de euros, a una empresa de la cual era apoderada su hija.

De hecho, en el segmento de votantes de la izquierda, la corrupción de sus dirigentes no se ve castigada en las urnas. ¿Pueden los votantes del PSOE, pasar por alto la corrupción, los escándalos económicos y de tráfico de influencias, la mentira e incluso el crimen de Estado?. Pues sí: ahí están las hemerotecas.
Muy al contrario, el ciudadano anglosajón no transige ante la mentira y la hipocresía.
Y es más; aplica una máxima calvinista según la cual quien no sabe gobernar en su casa, no está capacitado para dirigir un país.
Eso sí ; hay excepciones que no por eso diluyen lo anteriormente expuesto.
Bill Clinton mintió acerca de su lío sexual con la becaria Mónica Lewinsky y el votante demócrata no le dió la espalda en las urnas.
La pregunta que queda en el aire tras esta breve reflexión es simple: ¿debe afectar lo que el político haga en su vida privada, a su vida política?.
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