
La mediocridad es un estado mental que permite al ser humano adaptar como norma de vida, un comportamiento lejano al de su verdadero potencial. La brecha entre la actitud media de una persona y lo que él mismo podría lograr dando lo mejor de sí, hace que los resultados varíen drásticamente. Tanta sería esa variación, que aparecería como ejecutada la misma acción, por seres distintos.
Según una encuesta del portal de empleo Monster presentada el lunes, a un 72% de los españoles le gustaría ser empleado público.Casi tres de cada cuatro adultos quiere ser funcionario. Además, sólo el 17% alega una vocación, mientras que el 55% se decanta por ser funcionario por ganar un sueldo para toda la vida y disfrutar de horarios cómodos.
Frente a estos datos, destaca el estudio publicado hace unos meses por Global Entrepreneurship Monitor (GEM), y que señala que sólo el 4% de los españoles, de entre los que no son aún empresarios, tiene "intenciones emprendedoras". Es decir, que sólo uno de cada 25 aspira a montar una empresa, un porcentaje que sitúa a los españoles en el antepenúltimo lugar de la lista.

Con pocas excepciones, que confirman la regla, es aterradora la mediocridad circundante. Los jóvenes se encuentran instalados en una desesperante medianía que a la larga terminará acompañándolos en todas las épocas de la vida.
Asfixiante mediocridad en los puestos públicos. Burocracia, papeleos, demoras, incumplimiento, corrupción. La mediocridad es una constante.
No se trata, ojalá así fuera, de la "aurea mediocritas" (la dulce mediocridad) del poeta Horacio, o sea, esa dorada medianía y saludable moderación que nace del principio de que la virtud está en el medio, sino de la mediocridad en el sentido peyorativo de la palabra, que es como siempre se ha entendido.
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