
Actores y directores de cine de extrema izquierda pertenecientes al colectivo de la "ceja" , han protagonizado un vídeo, dirigido por Azucena Rodríguez, en el que se hacían pasar por soldados y civiles fusilados durante la Guerra Civil .
Pedro Almodóvar , Javier Bardem, Juan Diego Botto, Hugo Silva, Aitana Sánchez-Gijón o Maribel Verdú han participado en esta iniciativa.
Olvidan, eso sí, los muertos del otro bando. Por que en los dos lados hubo crímenes y muertes sin sentido. Más de 5000 personas, entre ellos mujeres, niños, sacerdotes y monjas fueron asesinados en Parcuellos del Jarama. Fueron sacados de las prisiones con listas elaboradas y notificaciones de traslado o libertad con membrete de la Dirección General de Seguridad y, en ocasiones, firmadas por Segundo Serrano Poncela, el delegado de Orden Público de la Consejería de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid, encabezada por Santiago Carrillo, y posteriormente fusilados de manera sumaria por milicias pertenecientes a las organizaciones obreras.
No tuvieron un juicio. Nadie les defendió. Su único delito era ser católicos, miembros de la Iglesia o pertenecer a la burguesía.
Alfonso Ussía, cuyo abuelo don Pedro Muñoz-Seca fue asesinado en Paracuellos rinde homenaje a las víctimas del bando nacional en un artículo en "La Razón".
El escritor recuerda que a su abuelo le apresaron, le mantuvieron en una checa y le asesinaron únicamente por ser monárquico.
«Me llamo Pedro Muñoz Seca. Soy escritor y autor teatral.
Me fusilaron en la madrugada del 28 de noviembre de 1936 en Paracuellos del Jarama.
Mi delito fue ser monárquico» «Desde mi ingreso en la cárcel y checa de San Antón, el 1 de agosto de 1936, le escribí a mi mujer Asunción, con quien tuve nueve hijos, tres cartas y cuarenta y una tarjetas postales.
Como buen andaluz soporto mejor el calor que el frío. Por la brevedad del espacio en blanco de las postales, mi correspondencia se limita a pedir ropa de abrigo, mudas, medicinas para mi úlcera de estómago, agua mineral y latas de conserva.
Aunque para tranquilizar a mi familia siempre les digo que ‘‘estoy bien y he engordado’’.
Desde el 1 de agosto al 28 de noviembre, madrugada de mi fusilamiento, perdí 29 kilogramos de peso.
En todas las postales pido tranquilidad para mi madre, que vive en el Puerto de Santa María. Pero, de repente, en una postal, sin saber cómo, salta un golpe de humor y le pido a Asunción que me envíe a la cárcel una de mis bigoteras. «
Estoy harto de meter los bigotes en la sopa del rancho», le cuento.
Y recibí la bigotera, y así recuperé mi personalidad. Meses más tarde, en el alba de mi fusilamiento, antes de ser empujado a la trasera del camión de la muerte, el miliciano «Dinamita» me ata las manos brutalmente a la espalda con un bramante que me alcanzaba las venas, y entre el alborozo de sus compañeros, con unas tijeras me cortó los bigotes. Me dijo que para donde iba no los necesitaba.
Pasé el cautiverio en el Departamento 2 de la planta baja de San Antón. Al principio tuve como compañeros de celda a ocho oficiales de la Armada, y a los hijos de 15 y 13 años de un oficial del Ejército de Tierra.
También, en la misma celda, están confinados José Arizcun, el sacerdote Tomás Ruiz del Rey, Julián Cortés Cabanillas y el actor Guillermo Marín. Todas las tardes, con su melena blanca desvencijada, aparecía por San Antón el escritor Pedro Luis de Gálvez, que me debía algún que otro favor. «A éste que nadie lo toque. A éste lo voy a matar yo personalmente, ¿verdad maestro?».
Yo sólo le respondía: «Honradísimo Gálvez, honradísimo». He de decir, humildemente, que sólo en una ocasión me brotaron las lágrimas. Fue el día en que supe que sus ocho compañeros de celda de la Armada y los hijos del oficial del Ejército habían caído en una de las primeras sacas.
En aquella ocasión escupí en el rostro de mis carceleros. Ellos me tumbaron de un puñetazo. En el Puerto, mi hermano menor, José, hacía gestiones con Vicente Alberti, hermano de Rafael, para que éste se interese por mí. Alberti no se dio por enterado.
Sé que las cartas que escribí en el mes de noviembre ya no le llegaron a mi mujer. Gracias a un diplomático mexicano, que hacía de correo de presos, Asunción recibiría esas postales y la última carta tres años después, en 1939.
Se ahorró el sufrimiento. El 26 de noviembre fui «juzgado» por un tribunal popular y condenado a muerte «por fascista, monárquico y enemigo de la República».
El 27 fui llamado por el director de la checa y en la madrugada del 28 me encerré en mi celda con el sacerdote Tomás Ruiz del Rey.
A las dos de la mañana le escribí a Asunción la última carta. Me quitaron la maleta, los abrigos, el reloj y mis objetos personales. Me cortaron los bigotes. Al llegar a Paracuellos fumé. Tiré el cigarrillo y dije “cuanto antes”. Grité: “Viva España y viva el Rey“ y mi cuerpo se quebró con la descarga».
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